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9 de abril de 2014

Europa: El discreto encanto de la burguesía

Europa: El discreto encanto de la burguesía - América Latina en Movimiento:

Alvaro Cuadra









Para cualquier analista o historiador resulta muy interesante advertir cómo en Europa vuelven a resurgir movimientos políticos de extrema derecha. El fenómeno se repite en países tan distintos como Francia y

 Grecia, los síntomas son los mismos: racismo, xenofobia, intolerancia y violencia. El viejo continente conoció de sobra este tipo de prácticas políticas, aquello que durante la época de exacerbación ideológica se llamó “fascismo”, en todas sus variantes.



En la actualidad, muchos de los vicios políticos que se atribuían a América Latina y otras regiones más pobres del planeta se están reeditando en los países europeos. Se argumenta que una prolongada crisis económica capaz de crear millones de desempleados es el caldo de cultivo ideal para toda forma de populismo y prácticas antidemocráticas. Lo cierto, empero, es que más allá de circunstancias históricas concretas, las ideas de extrema derecha nunca han abandonado suelo europeo.



Tal como escribió Albert Camus en su célebre novela “La peste”, una magnífica metáfora de nuestro asunto; una vez superada la epidemia, los microbios siguen allí, en las rendijas de la sociedad, esperando una nueva oportunidad. Esto parece ser cierto en Europa y en cualquier otro lugar del mundo. La exacerbación nacionalista corre a la par con una crítica frontal a la Unión Europea. Los protagonistas de los movimientos de la derecha extrema pertenecen a esa “classe moyenne”, seducida y domesticada en el consumo suntuario que sienten como amenaza la presencia de la piel oscura de africanos y árabes, lo mismo que los acentos exóticos venidos del este europeo.



Las elites europeas están muy lejos de aquel ideario burgués de 1789, “Liberté, Egalité, Fraternité” y más lejos de aquellos “Estados de Bienestar” propugnados por los gobiernos socialdemócratas del siglo XX. El “giro neoliberal” en todo el continente, con muy escasos matices, ha sido contundente. Si durante el siglo XX se reclamaba un retorno al humanismo para hacer frente a lo que denominó “la irrupción del fascismo”; en la hora presente, hora posmoderna que señala el ocaso de las “ideologías” y de las convicciones, resulta ingenuo esperar algo parecido.



La Europa “poscomunista” parece encaminarse hacia un fortalecimiento de la extrema derecha, lo que encuentra simpatías en sus homólogos estadounidenses y no pocos latinoamericanos. De hecho, en este tiempo de globalización e hibridez cultural, Marine Le Pen, mezcla de Juana de Arco y Evita, declara que su movimiento es una suerte de “peronismo a la francesa”.  En esta era de un tardocapitalismo global, el discreto encanto de la burguesía va tomando los tintes chauvinistas y xenófobos de aquellos años que precedieron a los totalitarismos populistas en Alemania e Italia con toda su secuela de horrores.



Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS (Chile)





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29 de marzo de 2013

Francia se cansa de Hollande, IZQUIERDA moderna, imperialista, servil a WASHINGTON no funciona

Laura Bush welcomes President Nicolas Sarkozy ...
Laura Bush welcomes President Nicolas Sarkozy to the President's private quarters at Kempinski Grand Hotel in Heiligendamm, Germany, where the two leaders discussed issues regarding bilateral relations between the U.S. and France, as well as with the U.S. and Europe. (Photo credit: Wikipedia)
Francia se cansa de Hollande:
François Hollande es el presidente más impopular de la V República. Un 51% de franceses le considera un mal presidente, y solo un 22% estima que cumple sus funciones como debe. Su antecesor, Nicolas Sarkozy, se convirtió en mayo en el segundo jefe del Estado —tras Valéry Giscard d'Estaing en 1981— que pierde su reelección. Han pasado diez meses, y un 40% de citoyens dice añorar al zar Nicolás I. Francia vive en una especie de limbo. La transición entre dos personalidades tan opuestas no ha fraguado todavía. El presidente normal, cada vez más apagado, ha perdido crédito en casa y voz en una Europa cada vez más sometida a los castigos de la severa institutriz Angela Merkel. Así, Sarkozy, aun sin sucesor legitimado en la UMP, mantiene viva la llama de sus fieles. Pero su procesamiento en el caso Bettencourt, y otros escándalos que esperan en el cajón de los jueces, podrían precipitar su jubilación forzosa.
La decadencia de Francia es parsimoniosa y lánguida como una heroína de Proust. El paro gotea lentamente pero no deja de aumentar. La industria se desangra por el automóvil pero crece por la aeronáutica. La deuda sigue creciendo a lomos de una prima de riesgo que es un momio si se compara con la de Italia o España. Las reformas son concertadas y muy civilizadas pero ni siquiera rozan los objetivos que impone Alemania. La depresión europea y la negativa de Berlín a estimular el crecimiento impiden a Hollande sacar la cabeza del agua, sometido a ese curioso fenómeno llamado France bashing (poner a caldo a Francia), liderado por la oposición conservadora y coreado por los medios anglosajones y los economistas germánicos que consideran las subidas de impuestos un libertinaje intolerable. Tal es la presión, que Hollande aceptó salir en un programa de televisión en prime time para tratar de recuperar la popularidad entre los franceses. En el plató dijo que “los países europeos deben ser rigurosos, y Francia en primer lugar, pero no austeros. Eso condena a Europa a la explosión, no solo a la recesión”, informa Efe.
Políticamente, el país ofrece cada día señales más contradictorias, tal vez achacables a la gran paradoja de la Unión Europea: su capacidad para generar miedo y mal ambiente cuando las cosas parecen más calmadas. La novedad es que el antisarkozysmo, que unió a centristas e izquierdistas para situar al pacífico Hollande en el Elíseo, ya no está de moda, ha perdido fuerza y los sondeos conceden hoy al perdedor de las elecciones, teóricamente retirado de la arena política, mejores resultados que al ganador. La derecha se ha permitido la licencia de hacer piña con la ultraderecha para oponerse al matrimonio gay, y hasta Marine Le Pen sale mejor valorada que Hollande.
Según la analista de Le Monde Françoise Fressoz, “la situación es a la vez insólita y compleja”. Aunque el líder socialista deseó a Sarkozy “suerte en su nueva vida” al tomar posesión, y ofreció al país una presidencia normal frente a la hiperpresidencia anterior, invocando el largo plazo, el Parlamento y la concertación frente al personalismo autoritario de Sarkozy, Fressoz cree que el expresidente ha tenido “la habilidad de dejarse abiertas las puertas del regreso al negar a su partido el derecho a hacer balance del pasado”.
La incapacidad de Hollande para unir al país, al poner el acento en las subidas de impuestos y no en recordar los errores que cometió Sarkozy al disparar la deuda y no reformar el país; y el fraudulento pulso que mantuvieron en otoño François Fillon y Jean-François Copé por la presidencia de la UMP han dado oxígeno a un Sarkozy que parecía debatirse entre la cómoda vida del conferenciante global —con bebé en casa y mujer cantante— y la osadía de dirigir un fondo de inversión —sin regreso posible a la política— con sus amigos cataríes.
“A medida que los meses han pasado y la popularidad de Hollande se ha debilitado”, escribe Fressoz, “Sarkozy se ha ido haciendo cada vez menos discreto, hasta el punto de convertir el mal trago de su procesamiento en el caso Bettencourt en un examen a su propio campo: ¡Cuidado del que no se solidarice con él! ¡El jefe es él!”.
La noticia de la imputación por abuso de debilidad de la anciana heredera del imperio L'Oréal ha marcado un antes y un después. Del semianonimato calculado, Sarkozy ha pasado en unas horas al papel de líder y víctima de no se sabe bien qué conspiración, como si Francia, ese extraño país donde el ministro de Hacienda dimite por tener una cuenta en Suiza, se hubiera transmutado de repente en la enloquecida Italia de Silvio Berlusconi.
Toda la UMP, incluidos los dos aspirantes a sucesores, ha salido a defender el honor del viejo líder que les prometió revivir el sueño de gloria y grandeza aunque en realidad acabó dejándoles inmersos en una pesadilla peor de lo que imaginaban, con el partido hecho trizas y alejado de todos los resortes del poder real, salvo del mediático.
La “injusta imputación”, le espetó Sarkozy en directo al juez Jean-Michel Gentil, “no quedará así”. En esa frase, filtrada por su entorno, estaba de nuevo el mejor y el peor Sarkozy, el que no se arruga ante nada ni nadie. Acusar a la justicia de ser parcial y sugerir que le persiguen por motivos políticos —cuando en teoría ya no está en la política— puede parecer una bravata, pero es una forma de denigrar a la República. Y podría convertirse en un bumerán.
El problema para el expresidente es que el caso Bettencourt es solo el primero de una larga lista. En el cajón de los magistrados del polo económico de París hay varias causas donde aparece el nombre de Sarkozy, el segundo jefe del Estado procesado de la historia, tras Jacques Chirac.
Por orden cronológico, Sarkozy se ha visto implicado en el escándalo Karachi (comisiones ilegales en los años noventa); el caso Gadafi (presunta financiación ilegal con fondos libios en 2007), el feo asunto de los sondeos del Elíseo (supuesta malversación de fondos públicos por encargar encuestas sin fin a su amigo Patrick Buisson), y, por último, pero no menos importante, el caso Bernard Tapie-Christine Lagarde, donde la exministra de Sarkozy y actual directora del FMI está siendo investigada por presunto tráfico de influencias y desvío de fondos en el litigio que enfrentó al empresario y amigo íntimo de Sarkozy contra un banco público hundido.