14 de febrero de 2010

Une marcha a las madresde vctima y de acusado. | Diario.com.mx

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Une marcha a las madres de víctima y de acusado
Sandra Rodríguez Nieto
El Diario | 13-02-2010 | 23:53 | Local
Luz María Dávila y Guadalupe Meléndez marcharon ayer juntas en demanda de justicia y paz para Ciudad Juárez.

La primera perdió a sus dos únicos hijos en la masacre de Villas de Salvárcar. La segunda tiene a su hijo detenido y acusado como uno de los presuntos responsables.

Ayer, a ambas las unió el repudio a lo que llamaron la creación de chivos expiatorios y, juntas, marcharon a la cabeza de la manifestación ciudadana en la que cientos, más de mil, demandaron el fin de la impunidad en la que están miles de homicidios en esta frontera.

“Gracias por venir a apoyar, a mí y a todas las familias que hemos pasado por esto; no quiero sentirme sola, quiero sentir el apoyo de todos ustedes, y que todos hagamos algo por Juárez, y que se haga justicia, y que el Ferriz y el Baeza, que renuncien, y el presidente Felipe Calderón, que renuncie también”, dijo ante el micrófono Luz María Dávila.

Gritos unánimes y reiterados de “¡no está sola!” fueron su respuesta. Su presencia, después de que su reclamo de justicia ante el presidente Calderón le dio la vuelta a todo México, silenció de inmediato las consignas y a todos los presentes en el parque del Monumento a Benito Juárez.

“Queremos paz en Ciudad Juárez, porque estos muchachos eran estudiantes, y no pandilleros, como decían. Por favor, quiero contar con todos ustedes”, agregó Dávila desde la parte alta de la explanada.

Otra doliente por los hechos de Villas de Salvárcar tomó entonces el micrófono. Era Guadalupe Meléndez Villegas, la madre de Israel Arzate, el segundo detenido en calidad de coautor por la masacre.

“Quiero decirles que mi hijo es inocente, ¡por favor! Que busquen a los verdaderos culpables. ¡Si mi hijo fuera culpable, yo no estaría aquí”, dijo la mujer con la voz entrecortada por el llanto.

Frente a ella, sosteniendo una cartulina y también sollozando, estaba Jésica Rodríguez, la esposa del acusado.

“Yo voy a morirme defendiendo a mi hijo hasta lo último. ¡Que busquen a los verdaderos culpables! ¿Por qué hay tanta muerte? ¡Ya estamos cansados de tanta injusticia y tanta miseria por todos lados... Él es comerciante, vende discos; se lo pueden llevar por piratería, pero no por esa tragedia tan tremenda”, agregó la mujer.

Eran casi las 12 del día en el centro histórico de Ciudad Juárez. La manifestación denominada “Marcha de coraje, dolor y desagravio” logró reunir a cientos de estudiantes de la Universidad Autónoma y del Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez, a varias de sus familias, a integrantes de organizaciones civiles y de movimientos sociales que en una gran mayoría atendieron el llamado de vestir de negro.

De negro también acudieron varias familias de otras víctimas de homicidio, como Julián y Adrián Lebarón, hermanos de Benjamín Lebarón, el líder mormón de Galeana, Chihuahua, cuyo homicidio en julio de 2009 –después de encabezar una manifestación contra el homicidio de su hermano– también sacudió la opinión pública en México.

También de negro acudió Paula Flores, la madre de Sagrario González –una joven asesinada en 1998– y quien dijo haber ido ayer a expresar su solidaridad con la demanda de justicia de las madres de las víctimas de Villas de Salvárcar.

Y, también de negro, acudió Sara Salazar, la madre de la defensora de derechos humanos Josefina Reyes, asesinada a principios de enero en la zona del Valle de Juárez.

Todas las familias, en su turno, demandaron justicia, y no sólo por los suyos, sino por las miles de víctimas que ha cobrado la violencia asociada a la disputa de cárteles por el control de Ciudad Juárez.

“Ella fue una luchadora social, por los derechos humanos, y fue asesinada cobardemente; pido justicia por todos los que han muerto”, dijo Salazar en el micrófono.

Entre los asistentes, el diputado federal perredista Gerardo Hernández Noroña valoraba mientras el rol de la resistencia de Ciudad Juárez contra la violencia en el país. Decía que, si bien es la cara más brutal de la descomposición económica y social del país, el agravio era tan grave que el llamado a la renuncia de Calderón y a la salida de los militares podía ser la punta de lanza para un movimiento que podría transforma a México.

Después de las intervenciones, Dávila, su hermana Patricia, Paula Flores y Guadalupe Meléndez tomaron su lugar al frente del contingente.

“Ni una más, ni uno menos. Basta ya de violencia”, se leía en la manta sostenida en un extremo por Flores y en el otro por Dávila.

Del monumento, la manifestación tomó la calle Constitución, luego la avenida 16 de Septiembre y de ahí hasta la Avenida Juárez. Las consignas eran las ya clásicas “¡Juárez-Juárez no es cuartel-fuera ejército de él!” y “¡el que no brinque es chota!”, además de una nueva en defensa de la memoria de las jóvenes víctimas de Villas de Salvárcar: “¡No eran pandilleros-eran estudiantes!”

La marcha fue creciendo a medida que avanzaba. Carlos Calleros, empleado de la Secretaría de Gobierno del estado, reportaba constantemente por teléfono y estimaba que habría unos mil 500 manifestantes.

Ya frente al puente internacional Santa Fe, el contingente se observaba hasta varias cuadras. Los militares, que ya tienen casi dos años resguardando el acceso a la instalación binacional, se retiraron a la orden de uno de sus mandos en cuanto la marcha se acercó.

Una vez ahí, el discurso de los organizadores enfatizó en la necesidad de una reconstrucción de Ciudad Juárez basada en el esclarecimiento de los miles de crímenes registrados aquí; unos cuatro mil 500 tan sólo en los últimos dos años.

Para varios fue la primera participación un una marcha en sus vidas. Así estaban, por ejemplo, varias madres de estudiantes para quienes la masacre de Villas de Salvárcar significó el colmo de la violencia en una ciudad donde sus hijos, dijeron, ya no pueden salir a las calles.

Para varios, también, el valor con el que Dávila reclamó ante Calderón seguía siendo motivo de admiración y de ejemplo. “Fue una actitud muy valiente, porque cuando nos pasa, como que hasta tenemos miedo hasta de hablar, y que bueno que le dijo sus verdades”, opinó Paula Flores.

En el trayecto, y pese a que los organizadores convocaron en todo momento a mantener el orden y a no caer en provocaciones, la presencia de los elementos del Ejército Mexicano asignados a las calles del centro motivaron escarceos y conatos de violencia con los manifestantes. Una patrulla de tránsito terminó incluso grafiteada. Varios policías municipales, también, recibieron insultos.

El evento concluyó con un acto simbólico en el que los estudiantes se tiraron al suelo y, desde ahí, lanzaron consignas en demanda de justicia.

Alumnos de la carrera de Ciencias Sociales de la UACJ agrupados en el Kolectivo Fronterizo montaron entonces una representación en la que, disfrazados de militares, policías federales y uno con máscara de Felipe Calderón, simularon arremeter contra los manifestantes encabezados por las madres.

Luz María Dávila, seria la mayor parte del tiempo, se animó, tomó una falsa metralleta de espuma y arremetió contra los disfrazados. El gesto movilizó a todos los medios, atentos siempre a lo que hacía la única fronteriza que le dijo al presidente Calderón que no era bienvenido a Ciudad Juárez. Y así, frente a las cámaras, motivada por lo que después describió como un apoyo de toda la gente y sobre todo de los estudiantes, Luz María Dávila pareció rebasar por segundos el dolor y, finalmente, golpeando en falso a un militar, mostró una sonrisa.


¡Es un Honor Estar con Obrador!

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