JOHN M. ACKERMAN
25 DE MARZO DE 2013 · 2 COMENTARIOS
ANÁLISIS
Sesión en el Palacio Legislativo de San Lázaro.
Foto: Germán Canseco
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La unificación bajo un solo mando de las diversas expresiones de la oligarquía mexicana y de la clase política nacional no es motivo de celebración sino de preocupación. En teoría la democracia representativa y el constitucionalismo moderno sirven para controlar los excesos del poder económico y limitar los abusos del poder público. Pero para funcionar en la práctica, se requiere de una sociedad diversa y empoderada, con una variedad de intereses en conflicto. Sin una vibrante pluralidad política que constantemente cuestiona las decisiones de la autoridad y llama a cuentas a los poderes fácticos, las instituciones rápidamente dejan de defender el bien público y terminan por cuidar solamente los intereses de los poderosos.