Por: Alejandro Páez Varela - mayo 27 de 2013 - 0:02
COLUMNAS, Historia de unos días - 20 comentarios
Hace apenas 12 años y seis meses que el PRI gobernaba México. Eran sus últimos días en la presidencia. Estábamos a punto de alcanzar la transición hacia otro partido: el PAN.
Incluso los que nos opusimos, desde nuestras breves trincheras, al llamado “voto útil”, celebrábamos que el partidazo estuviera con un pie en la calle. Los más optimistas decían que empezaba su desmantelamiento, y otros lo imaginaban incorporándose a los canales de una normalidad-legalidad democrática.
Y ya ven, no sucedió así.
Ahora, cuando veo al PAN hecho pedazos y a la izquierda debilitada por su ambición de poder; cuando pienso que muchos ciudadanos no tendremos opción para las próximas elecciones, me pregunto: ¿de quién es la culpa de que durante décadas no se formara una nueva clase política alejada de la corrupción, leal a sus principios, con la honestidad como baluarte y con ganas reales no de ejercer influencias o de enriquecerse, sino de servir a la Nación?
Viene esto al caso porque, con apenas seis meses de gobierno, los ciudadanos de México no podemos siquiera respondernos a una pregunta de párvulos en cualquier democracia más o menos creíble: ¿de cuánto es y de dónde viene la fortuna del Presidente de la República?
Increíble, pero no lo sabemos. Uno piensa, entonces: ¿y qué hicimos todos esos años?
***
Hechos: el gobierno de Enrique Peña Nieto alcanza los primeros seis meses casi como llegó: sin despejar las grandes, grandes dudas que existen sobre su honestidad. La mayor deuda de esta administración, me temo, es clara: es la transparencia. No ha podido despejarse de la mancha de ser un grupo político que busca el poder sin medir consecuencias y sin importarle la legalidad; no ha logrado zafarse de las prácticas del viejo priismo y da un paso para adelante y varios para atrás.
A Peña no le importa sentarse con Juan Díaz de la Torre, líder del SNTE, a pesar de que las investigaciones lo señalan abiertamente de las mismas corruptelas de las que se acusó a Elba Esther Gordillo. A Peña no le importa pasearse por las instalaciones de Pemex con el jeque, Carlos Romero Deschamps. No le interesa tampoco que Víctor Flores, el líder de los ferrocarrileros, sea parte orgánica de su partido.
fuente: http://www.sinembargo.mx/opinion/27-05-2013/14547
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