20 de octubre de 2011

Lorenzo Meyer: Plaza pública: se fue la voz, no el espíritu

Plaza pública: se fue la voz, no el espíritu:

"Cuatro características notables de Miguel Ángel Granados Chapas: su
dominio de los datos, el lenguaje preciso, la lógica del razonamiento y una
ética pública irreprochable. Esa combinación casi no se da en nuestro
medio"



Lorenzo Meyer



Insustituible. La muerte llega por igual para los mejores y para los
peores, pero en un ámbito de lo público tan degradado como el nuestro, los
peores abundan y cuando desaparecen sobra quienes les reemplacen. Los
mejores, en cambio, son tan pocos que cuando uno solo de ellos muere nace
un vacío que de tan grande sobrecoge porque da la medida exacta de lo
delgada que es la línea de defensa de la moral republicana y lo formidable
que son sus adversarios.



Se asegura que en el largo acontecer de la vida colectiva nadie es
indispensable, que no hay personaje insustituible. En general, este
fragmento de sabiduría vieja es certero, pero también lo es que de tarde en
tarde emergen figuras excepcionales, que cuando hacen mutis, su ausencia es
tal peso que prácticamente adquieren la calidad de insustituibles. Y ese
pareciera ser hoy el caso de Miguel Ángel Granados Chapa y su "Plaza
pública", ese espacio de análisis del acontecer político que por más de
tres decenios estuvo presente en la prensa mexicana y cuya última entrega
apareció apenas dos días antes de que se apagara la voz de quien lo animó.



Seis días de cada semana "Plaza Pública" proveía el ensayo periodístico que
concentraba con eficacia el esfuerzo de observación, selección de datos,
síntesis, explicación y buen juicio de Granados Chapa sobre algún hecho de
los que conformaban el casi siempre desolado paisaje de la cosa pública
mexicana. Como si esa columna de 34 años no fuera suficiente para desfogar
toda su agenda -que era también la agenda nacional-, el singular periodista
hacía uso de otros espacios para el mismo fin: el semanario Proceso, un
programa de lunes a viernes en Radio Universidad o el que compartía con
otros analistas en la mesa dominical de "Encuentro" en televisión por
cable. Finalmente estaban sus crónicas parlamentarias y los libros: 16,
publicados entre 1968 y 2004. La energía y la amplitud del abanico de temas
abordados por Miguel Ángel resultaron asombrosos, pero quizá más asombroso
aún -y desconsolador- fue la multiplicidad de asuntos críticos que la
realidad acumuló cotidianamente en la mesa de disección del analista.



La idea central, la brújula que guiaba esa disección de la realidad
mexicana por el periodista era la democracia o, más bien, su idea de lo que
debía ser la vida democrática. Cada trozo examinado por él de la realidad
mexicana -política, jurídica, económica, social, cultural- la exponía tal y
como la encontraba para luego proceder a mostrar la distancia, a veces
enorme, que había entre esa realidad y lo que la democracia -la defensa del
interés de los demos, de la mayoría ciudadana- exigía que ocurriera.
Granados Chapa era particularmente preciso en su medición y explicación del
trecho que había entre lo que realmente acontecía en nuestro país y la
norma.



Cualidades. Quienes vieron al autor de "Plaza pública" elaborar su discurso
sobre la marcha, no pudieron menos que asombrarse de su extraordinaria
memoria, de su capacidad para recordar y colocar en forma de explicación a
hechos, personajes, fechas, circunstancias y resultados. Quien dialogó con
él, lo escuchó o lo leyó, también pudo comprobar su cuidadoso manejo del
lenguaje, en parte producto de su educación legal y sobre todo de las
buenas lecturas bien asimiladas. Sin embargo, la buena memoria es un don de
la naturaleza -abunda entre los políticos- y la buena educación legal y
literaria no es tan excepcional, pero en Granados Chapa había una tercera
característica, la más importante, y que no la da ni las neuronas ni las
muchas horas de lectura y estudios de calidad: la honradez, el compromiso
sin reservas e irrenunciable con una visión de lo justo, del deber ser.
Esto último fue lo que le permitió combinar al periodista hidalguense
conocimiento y manejo del lenguaje con lo que es muy raro en el medio en
que se desempeñó: un análisis de la descompuesta realidad mexicana desde la
altura de los valores de la democracia, el respeto a los demás y a sí mismo
y el patriotismo.



Las dos Formas de Hacer Política. Miguel Ángel tenía pasión por la
política, pero no necesariamente por practicarla cuando había que asumir el
poder. Sólo una vez intentó pasar del análisis a la práctica de la política
del poder: cuando en 1999 aceptó ser candidato a gobernador de su
maltratado Hidalgo. El proyecto era encabezar una coalición PRD-PAN para
enfrentar con posibilidades de éxito a la arraigada maquinaria caciquil y
corrupta del PRI en ese estado, pero en el momento decisivo el dirigente
del PAN -Felipe Calderón- prefirió a un candidato perdedor, pero propio
-"un cantante menos que mediocre"- que ver triunfar a un hombre de
izquierda e independiente y dejó a Granados sólo con el PRD. Granados
siguió adelante a sabiendas que esa dispersión de fuerzas aunadas y falta
de recursos le llevaría a la derrota, (Humberto Musacchio, Granados Chapa,
[México: Planeta, 2010], pp. 188-189). La pérdida de los hidalguenses fue
la ganancia del otro México, el de los lectores.



Finalmente, la política que hizo Granados fue siempre la política no del
poder sino de los principios. Como gobernador hubiera sido incorruptible,
pero hubiera tenido que jugar con las reglas de los otros -de la
burocracia, del gobierno federal, de los partidos y de los poderes
fácticos- y quién sabe cómo hubiera concluido su encomienda. En contraste,
como actor plenamente independiente de la "Plaza pública" no ejerció el
poder, pero dio voz a la parte más vigorosa y demandante de la ciudadanía
mexicana y de esa manera atacó el flanco más débil de la clase política y
forzó al poder a oírlo. Y ese poder no siempre aguantó los puyazos; Gerardo
Sosa, parte de la estructura caciquil de Hidalgo, demandó a Granados por
haber prologado el libro de denuncia de Alfredo Rivera -también demandado-
contra el porrismo en Hidalgo titulado La sosa nostra, (México: Porrúa,
2004). En este caso, y en este campo -su campo-, Miguel Ángel, ya enfermo,
pero defendido por alguien que reconocía plenamente sus méritos -la Dra.
Perla Gómez- derrotó a la (mala) política del poder. Mientras, desde otra
orilla de ese poder, la del legislativo, se le rindieron honores y Felipe
Calderón tuvo que atestiguar la entrega de la medalla "Belisario Domínguez"
a quien le había regateado el apoyo en Hidalgo.



Pesimismo y Esperanza. Justamente en la entrega de la "Belisario Domínguez"
en octubre de 2008, Granados Chapa usó la tribuna del Senado para hacer
este diagnóstico: " El poder del dinero y el poder criminal de las armas
sustraen ya ahora con marcas crecientes de la vida en común al imperio de
la ley y la capacidad rectora del Estado. El ímpetu feroz de la
delincuencia organizada parece no reconocer límites, los rompe todos... Los
poderes fácticos, los que gobiernan sin haber sido elegidos, los que buscan
y obtienen ganancia de negocios que atentan contra el interés general
gobiernan en mayor medida que los gobiernos; la lucha de unos y otros
poderes ilegítimos contra la sociedad, su éxito en el propósito de
dominarla es favorecida por una situación económica, material cada vez más
adversa, menos propiciatoria que la prosperidad y la expansión de la
potencialidad humana." El resultado de este conjunto de males ha producido
en México "enfermedades del espíritu colectivo" que de no sanarse nos
llevarán a la desgracia.



En su última entrega, con la que cerró "Plaza pública" el gran observador y
juzgador de nuestra política, literalmente al borde de la muerte,
caracterizó así la situación de nuestro país, envuelto por una masa
maloliente resultado de "la inequidad social, la pobreza, la incontenible
violencia criminal, la corrupción que tantos beneficios genera, la lenidad
recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social".



En el Senado había llamado a reconstruir o a erigir, pues a lo mejor nunca
la habíamos tenido "la casa que nos albergue a todos" y antes de morir
confió en que el país pudiera escapar de "la pudrición" pues ésta no era un
"destino inexorable". Se podía escapar de él. Sin embargo, simplemente
expresó esto como un deseo "ingenuo" pues ya no tuvo tiempo de decirnos de
qué manera podemos mutar. Sin embargo, en el discurso de 2008 ante los
senadores se refirió a la movilización social, a la presencia de los
ciudadanos en las plazas y las calles como la energía primaria de la que
podría surgir, en estas horas sombrías, la mutación que regenere a nuestra
república.



Ojalá el futuro inmediato le dé la razón a quien de hoy en adelante será
referencia obligada para entender al México de fines del siglo pasado e
inicios del actual.




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