A Miguel Ángel Granados Chapa, conciencia crítica, defensor de las mejores
causas.
En los meses recientes Andrés López Obrador ha interrumpido sus recorridos
a ras de suelo por los municipios pobres del país para moverse en
territorios inhóspitos, que le parecerían ajenos, como el Monterrey de las
clases pudientes.
Personaje polarizante, es el mayor líder social de los últimos años y, a un
tiempo, el que genera más desconfianza en anchas franjas de la sociedad. A
muchos asusta su discurso antiinstitucional y su proclividad a usar la
movilización popular para impulsar sus causas: las tomas de carreteras y
los bloqueos a pozos petroleros en Tabasco, las marchas a la ciudad de
México y las acciones de protesta de sus seguidores tras los resultados de
las elecciones de 2006... Su perfil de agitador social parece alentar la
lucha de clases: pobres contra ricos.
Para algunos es enemigo de los empresarios. Pero más que en los hechos
(basta constatar cómo gobernó al DF), su anticapitalismo se ubica en sus
discursos: en algunos de los más relevantes pronunciados en el Zócalo de la
ciudad de México, López Obrador censuró a prominentes hombres de negocios,
como Roberto Hernández, de Banamex -particularmente por la venta de
acciones a Citigroup exenta de impuestos- y a algunas de las empresas más
importantes del país, sobre todo a las televisoras.
Hace seis años, cuando las encuestas le daban una ventaja que parecía
irremontable sobre los otros contendientes, rechazó las invitaciones de
varios organismos empresariales para que expusiera en sus foros su proyecto
económico. Pero eso está cambiando hoy. En su nuevo intento por llegar a la
Presidencia de la República, está tejiendo nuevas redes y aclara que no
está en contra de la riqueza, sólo de la mal habida.
Lo que no cambia es su visión severa sobre el momento que vive el país,
tampoco sus propuestas, que son compartidas por millones de mexicanos,
incluso por académicos y profesionales destacados y, ahora también, como lo
evidencia el encuentro en Monterrey, por empresarios.
Cuando Andrés Manuel dice: "¡al diablo las instituciones!", recoge el
hartazgo en diversos estratos sociales que saben y sufren la condición
lastimosa de nuestro Estado de Derecho.
La tecnocracia que conduce las finanzas públicas, al menos desde 1982,
insiste en recordarnos que sus políticas han logrado que los grandes
agregados macroeconómicos se mantengan sólidos, lo que es esencial, pero
parece importarles poco que todo esto no se haya traducido en un
crecimiento sólido de la economía; que la apertura económica indiscriminada
haya llevado a la ruina a ramas completas de nuestra economía y que el
estancamiento que lleva más de dos décadas haya dejado a millones de
mexicanos sin más opciones que la emigración, el comercio informal o la
delincuencia.
Algunos empresarios, cada vez más, están conscientes de que un modelo
económico que acentúa pobreza e inequidad no es sólo inmoral sino también
peligroso, que nadie vive tranquilo cuando persiste el resentimiento social
y la violencia delincuencial se expande.
Por otra parte, el crecimiento desmesurado de la burocracia y del gasto
corriente en detrimento de la inversión productiva, los excesos del
funcionariado y su medianía (la mayoría carece de visión de largo plazo y
no tiene sentido de urgencia), así como la impunidad exultante, han
rebasado todo límite racional. En los meses recientes sobresalen dos casos:
el del "vendedor de quesos", hermano de Larrazábal, el alcalde de
Monterrey, y el de Néstor Moreno, funcionario de CFE, corrupto de "clase
mundial"; no obstante las evidencias incriminatorias, ambos se han
sustraído a la acción de la justicia. Todo esto genera frustración y enojo,
no sólo entre el ciudadano común, sino también en algunos de los mayores
empresarios que, con frecuencia, padecen la voracidad e ineptitud de
autoridades de todo orden: municipales, estatales y federales.
Ignoro si la decepción con los saldos de los sistemas político y económico
de las últimas décadas podría llevar a algunos de los dueños de las
corporaciones más poderosas a explorar la vía de la izquierda social que
encabeza López Obrador, un proyecto que propone una revisión a fondo del
modelo económico, austeridad gubernamental, lucha frontal contra la
corrupción, en síntesis, una nueva convivencia social, con menos
desigualdad y con más justicia. Pero, al menos, ya hay algunos que parecen
ofrecerle el beneficio de la duda.
@alfonsozarate
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