9 de septiembre de 2011

MIGUEL ANGEL GRANADOS CHAPA: Ebrard; equívocos y pretextos

Ebrard; equívocos y pretextos:

Marcelo Ebrard cesó a Martí Batres por expresiones que nunca fueron dichas
por el ya exsecretario de Desarrollo Social del Gobierno de la ciudad de
México, El líder de Alianza social, una de las corrientes del PRD, ni
siquiera mencionó el nombre de su hasta entonces jefe, y menos aun
acompañado de descalificaciones insultantes. El propio Ebrard, o quien le
comunicó lo dicho por Batres el viernes pasado, no podrían aducir una
prueba, simplemente porque no la hay. Es imposible probar lo que no
ocurrió.



Si obró de buena fe, quien dio cuenta a Ebrard del dicho atribuido a
Batres, tal vez confundió la declaración de éste, expresada en términos
generales, con la opinión más específica manifestada por Dolores Padierna,
secretaria general de partido al que todos ellos pertenecen. Ella sí fue
explícita en deplorar lo ocurrido, y el daño que a sí mismo se había
inferido el jefe de Gobierno, desde su perspectiva de dirigente de otra
corriente perredista y número dos del partido.



Sí es verdad que el joven exfuncionario expresó su desacuerdo con el saludo
de Ebrard, pues lo consideró una incongruencia. Lo fue en efecto, pues
hasta hace unas semanas el jefe de Gobierno había rehusado estrechar la
mano del presidente Calderón, pues el partido a cuya postulación
presidencial aspira lo ha declarado ilegítimo. Lo hizo el máximo órgano de
gobierno del PRD en 2006, y no ha habido modificación a esa postura. Hace
unas semanas Ebrard estuvo presente en una sesión del Consejo nacional de
seguridad pública, encabezada por Calderón. Pero cuando llegó la despedida
y el Presidente estrechaba una a una la mano de los gobernadores, el del
Distrito Federal se apresuró a salir y no dio ocasión a que Calderón "se
tomara la foto" con él.



Ahora hizo deliberadamente lo contrario. Por supuesto que el hecho en sí
mismo carece de importancia. Pero constituye un símbolo, que acerca a
Ebrard a Calderón y lo aleja de una porción relevante del PRD que mantiene
la posición radical del congreso de ese partido. El presidente de esa
organización, Jesús Zambrano, y el propio Ebrard justifican la presencia y
el saludo a Calderón en una razón que es por lo menos insuficiente, o
distinta del móvil que condujo al gobernante de la ciudad de México a
proceder como lo hizo.



La reunión de marras no fue un acto institucional. No se rindió allí el
quinto informe de gobierno del presidente de la república. Éste había sido
presentado la víspera, conforme a la norma constitucional, por escrito y
ante el Congreso de la Unión, en la apertura de sus sesiones ordinarias.
Calderón ha estilado, desde que se modificó el precepto que rige aquella
sesión, organizar un ceremonia que tiene relieve político, pero ningún
sustento legal, un acto de relaciones públicas en que habla ante un
auditorio cómodo, no el turbulento de la Cámara de Diputados en que parte
de la oposición al Ejecutivo lo interrumpía pretendiendo interpelarlo. Este
dos de septiembre, como ha ocurrido antes, Calderón habló de corrido, sólo
interrumpido por aplausos.



Siendo un acto informal, una reunión de amigos, Ebrard no estaba obligado a
asistir, si persistiera en la actitud que observó expresamente a lo largo
de casi cinco años. Alega que si lo hizo fue porque además de encabezar un
gobierno local, en este momento ocupa la presidencia de un órgano también
informal, sin base jurídica, que es la Conferencia Nacional de
Gobernadores. Cada uno de ellos fue invitado a título personal, por lo que
no necesitaban ser representados.



El hecho es que, por un equívoco o a partir de un pretexto, Ebrard despidió
a Batres, en el primer episodio de la sucesión en el gobierno capitalino,
fenómeno que corre y correrá en paralelo con la presidencial. Del resultado
de ésta, es decir de quien sea el candidato a la Presidencia se derivará,
conforme a la lógica política, quien sea el candidato a mantener al PRD y
sus partidos acompañantes en el Gobierno capitalino. Si la elección interna
se realiza conforme a lo pactado, y a fin de que nadie gane todo o pierda
todo, habrá un acuerdo, no necesariamente explícito, para distribuir el
poder, obviamente si la izquierda consigue retenerlo.



Otra cosa será si se revienta el débil lazo que mantiene juntas a las
corrientes perredistas. De haber dos candidatos presidenciales, ninguno de
los cuales tendría posibilidades de victoria, pues sólo unida tendría la
izquierda margen para alcanzarla, el mismo escenario se reproduciría en la
capital. Enfrentadas entre sí, ninguna de las corrientes prevalecería sobre
otra. Sólo compartirían la derrota.



López Obrador y Ebrard se empeñan por no reflejar entre sí los antagonismos
que bullen en las filas de sus partidarios. El exjefe de gobierno evitó
hacer del despido de Batres un casus belli y Ebrard negó que apartar de sí
a Batres significara un desafío a López Obrador o hasta una ruptura con él.
Si ésta se produce, no será por ahora.



Ebrard compuso su gabinete no conforme a un pacto con su predecesor sino,
como hicieron sus dos antecesores (a pesar de que ellos tenían fuerza
personal para obrar con mayor libertad), para reconocer la existencia de
corrientes que necesitan ser equilibradas por una voluntad concertadora.
Corre ahora el riesgo de que ese frágil equilibrio en que ha sustentado su
Gobierno se altere ahora. Eso le restaría capacidad de maniobra para
gobernar durante el breve lapso en que permanecerá al frente del Gobierno y
sobre todo para apuntalar sus posibilidades de ser candidato.


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