29 de noviembre de 2010

REFORMA: enfoque/Calderón: el principio del final

Reforma Enfoque
Mayolo López
28 de noviembre de 2010
Ciudad de México


La República tiene en 2010 –el de la Patria– el año más violento, trágico y doloroso que se recuerde. Acumulada en los patios de viviendas populares, la sangre derramada se limpia a cubetadas de agua. En el calamitoso fluir de los días y las noches, entre tanto, el discurso oficial se endurece y el presidente Felipe Calderón rebate a sus críticos: háganle como puedan; la estrategia gubernamental contra el crimen es la única, no arrojará resultados espectaculares y menos los habrá en el corto plazo, pero es la única.

Atrapado en su laberinto, con una cadena atada al pie que no le deja caminar, Calderón Hinojosa respira una cotidiana atmósfera impregnada de pólvora: a diario recibe en su escritorio virtuales partes de guerra con las bajas –criminales, militares e inocentes– de la jornada.

Las ejecuciones ligadas a la guerra contra el crimen organizado, al despuntar el segundo semestre de este fatídico 2010, sumaban 28 mil, según cifras oficiales; en octubre sumaron 10 mil en lo que iba del año del Bicentenario, según el conteo de Reforma. Entre los asesinados se cuentan un ex gobernador –Silverio Cavazos Ceballos–, un candidato a gobernador –Rodolfo de la Torre Cantú–, más de 10 alcaldes y al menos 82 militares.

Una mancha verde olivo cubre inexorablemente parte del territorio con una fallida aspiración: la de contener al crimen... pero la realidad es otra. La virulencia del hampa araña, engulle y asume el control en territorios y el Estado retrocede.

Con preponderancia en el norte, hay diseminados al menos 45 mil soldados en la República. Con ese elocuente panorama, cobra vigor la perspectiva que apuntaló la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, a principios de septiembre.

Para Clinton, México está pareciéndose "más y más a (sic) como se veía Colombia hace veinte años, donde los narcotraficantes controlaban ciertas partes del país". La funcionaria resumió: "enfrentamos una creciente amenaza de una bien organizada red de tráfico de drogas que está, en algunos casos, transformándose o haciendo causa común con lo que nosotros consideraríamos una insurgencia en México y América Central".

'Yo no le puedo dar la mano'

Salvárcar, una comunidad marginada de Ciudad Juárez –la urbe mexicana más violenta– es, para desgracia de los juarenses, el modelo del horror y la "barbarie" que se le puede achacar al crimen, en palabras de Felipe Calderón.

La matanza de 15 muchachos en esa comunidad, a principios de año, tomó por sorpresa al Presidente en Tokio, Japón: visiblemente cansado, en la última etapa de una gira de siete días, Calderón atendía una conferencia con la prensa local y los enviados mexicanos.

Sin el menor cuidado, el mandatario atribuyó la muerte de esos muchachos a un pleito entre pandillas. Los momentos más duros de su gestión empezaban a insinuarse.

Vista la conmoción que suscitó ese crimen y la precipitada valoración presidencial, Calderón se vio forzado a apersonarse en Ciudad Juárez el 11 de febrero. Resguardado por un aparatoso dispositivo de seguridad, acompañado por su esposa y parte de los integrantes del gabinete de seguridad, el Presidente incursionó para enfrentar, quizá, el más grave cuestionamiento público a su gestión.

Sumida en el dolor, Luz María Dávila, la madre de dos de los muchachos ejecutados, escupió como pudo su rabia, cara a cara, al Presidente de la República: "a mí me mataron a mis dos hijos...! Yo no le puedo dar la bienvenida. Yo no le puedo dar la mano...".

Cargado el ambiente de tensión, fue necesario que el obispo Renato Ascencio León se acercara a la atribulada mujer para, con una bendición, apaciguar su dolor.
El Presidente volvería a esa urbe una semana después para anunciar una estrategia integral con la cual hacerle frente al hampa: "Todos somos Juárez", la cual no ha logrado reducir los índices de criminalidad.

Secuestro y narcoterrorismo

Enrarecida de por sí la atmósfera, el 15 de mayo Calderón mismo tendría que lidiar con el secuestro político más grave de que tenga memoria la Nación, irresuelto aún: el del influyente panista Diego Fernández de Cevallos, ex candidato a la Presidencia.

El rapto, del que la autoridad federal debió hacerse a un lado –a petición de los familiares del barbado político–, pescó a Calderón con un pie en el avión para partir a España, donde el mismísimo presidente José Luis Rodríguez Zapatero abogó por la liberación de Fernández de Cevallos.

Atrapado en ese trance, Felipe Calderón lanzó un desesperado grito a su correligionario en las filas del PAN: "Quiero transmitir (...) al propio Diego Fernández de Cevallos que sus hijos afrontan la situación con enorme entereza y valentía, orando por su padre, pero también siguiendo su ejemplo de valor, gallardía y manteniendo la esperanza de recuperarlo".

El 28 de junio, en Tamaulipas, ocurrió otro hecho inédito: la caravana del candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, fue cercada por sicarios que a mansalva dispararon en contra del candidato y su equipo de campaña.

El asesinato, en víspera de las elecciones del 4 de julio, generó desconcierto en Los Pinos y, en las horas que siguieron al crimen, inquietud y malestar: al presidente Calderón le molestó sobremanera el discurso que pronunció la lideresa nacional del PRI, Beatriz Paredes Rangel, en las exequias del ejecutado. A juicio del inquilino de Los Pinos, la tlaxcalteca no tuvo palabra alguna de condena para los que perpetraron el asesinato, y sí un rosario de cuestionamientos para el gobierno federal.

El crimen y la reacción de los actores políticos provocaron que aflorara una virtual ruptura entre el PRI y el gobierno federal: si al Presidente le molestó el discurso de Paredes, al PRI le pareció incluso ilegal que Calderón usara la cadena nacional para emitir un mensaje sobre seguridad a unas cuantas horas de las elecciones en Tamaulipas y otras nueve entidades.

En medio de los dimes y diretes ocurrió otro atentado. A decir de especialistas en materia de seguridad, el 15 de julio de 2010 quedará marcado como el día que asomó en México el temido fenómeno del narcoterrorismo que asoló Colombia en la década de los ochenta.

Ese día, al menos un policía federal, un agente municipal y un socorrista perdieron la vida a causa de la potente explosión, en Ciudad Juárez, Chihuahua, de un coche bomba. El atentado fue perpetrado por la organización criminal de "La Línea" tras la captura de uno de sus cabecillas.

"Eso (la explosión del coche bomba) es levantar el nivel (para) que la gente se asuste (y) por eso es un acto terrorista, porque los pudieron haber matado con un lanzagranadas, con armas AK-47, pero no, quieren la imagen de coche bomba explotando en la televisión y por eso es un acto terrorista", juzgó Samuel González, ex fiscal de la Unidad Especializada en Delincuencia Organizada.

Diálogo, pero no cambio de estrategia

Pasadas las elecciones del 4 de julio, sobrevino la convocatoria: con el beneplácito del ala moderada del PRD –representada por Jesús Ortega– Calderón lanzó un amplio exhorto para dar cuerpo a una estrategia que contase con el visto bueno de los sectores sociales.

Cerrado el Palacio Nacional por trabajos de remozamiento, el lunes 2 de agosto el Casino Militar acogió los denominados Diálogos por la Seguridad. Una amplia mesa en forma de herradura aglutinó a académicos, gobernadores, legisladores, jerarcas religiosos, periodistas, empresarios, alcaldes y expertos en derechos humanos.

Es la hora en que nada concreto se ha derivado de ese ejercicio, que constó de 11 sesiones de trabajo. Aunque la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) había puesto sobre la mesa la iniciativa para crear un mando único policial –que luego turnó el Ejecutivo al Legislativo– el PRI la frenó a fines de octubre en el Senado de la República.

El 27 de agosto, para infortunio del Presidente –el día en que concluyó la primera etapa de los Diálogos por la Seguridad–, el Departamento de Estados de Estados Unidos ordenó a los funcionarios del consulado de Monterrey retirar a sus hijos de la capital industrial de México tras un somero diagnóstico: ni la policía ni la seguridad privada podían contener el crimen.

Horas antes, en el Casino Militar, Calderón había dado un mensaje nada promisorio: "en el caso de la violencia asociada al crimen organizado, veo muy difícil que podamos asegurar que en el corto plazo pueda reducirse; es más, mi temor es que probablemente (...) tienda, incluso, a incrementarse en el muy corto plazo".

Con todo, advirtió que no estaba pensando en tirar la toalla: "de ninguna manera pienso administrar simplemente el tercer tercio de mi administración".

Matanzas y festejos

El 25 de agosto el mundo entero volteó la mirada a México ante un macabro descubrimiento: la ejecución, a manos de una célula de Los Zetas, de un grupo de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas.

Arrinconado, el presidente de la República llamó "bestias" a los autores de esa matanza; semanas después las autoridades informaron de la detención de al menos ocho jóvenes vinculados a los hechos.

Dos semanas después vino la fiesta. Los panistas se vistieron de gala para conmemorar el Bicentenario de la Independencia en Palacio Nacional, con un espectáculo que costó 700 millones de pesos (para una sola noche), al que pocos tuvieron acceso directo, pues el propio secretario de Educación y organizador de la fiesta, Alonso Lujambio, conminó a verlo por televisión.

Del despilfarro que acompañó a la efeméride, resultó fiel testimonio la figura de El Coloso, un polémico monigote de 20 metros de altura y ocho toneladas de peso que fue alzado en la plancha del Zócalo la noche del Grito.

Desbaratada, la figura fue arrumbada en el patio de una oficina pública después de la resaca independentista, que por si fuera poco no pudo verse iluminada por La Estela, el monumento que daría fe de la celebración de los 200 años de vida independiente, y que, apagada, reflejó la improvisación en que navegó la organización del mitote.
El jolgorio devino en show, espectáculo concebido para que millones lo vieran por televisión, visto el resquemor que en el gobierno provocó un eventual escenario con atentados en la plaza pública.

La plaza albergó siete unidades móviles de producción, 82 cámaras y 45 pantallas gigantes, además de un área VIP para diputados, senadores, subsecretarios y empleados del CEN del PAN. El cielo se iluminó con toneladas de fuegos artificiales y Palacio Nacional –merced a una invitación oficial– acogió a los ex presidentes Carlos Salinas de Gortari y Vicente Fox Quesada.

La sangre no dejó de correr y el 16 de septiembre el asesinato de un periodista del Diario de Juárez volvió a atraer el reflector internacional hacia México.

En octubre hubo más terror: en cinco días fueron perpetradas tres matanzas en Chihuahua, Baja California y Nayarit con 42 muertos como saldo, en su mayoría jóvenes inocentes.
La primera de esas tres embestidas ocurrió en Chihuahua, en la modesta casa de una familia que festejaba a uno de sus hijos, a quienes acompañaba una veintena de amigos. Cubierta de sangre, la cochera de esa humilde vivienda era limpiada a cubetadas y con escobas por dos azorados muchachos.
Y el otoño se adelantó

Enfrascado en su lucha contra el crimen organizado, el Presidente se topó anticipadamente con el futuro: la hojarasca del otoño de su cuarto año de gobierno trajo consigo los días del "postacalderonismo".

Germán Martínez Cázares, antaño escudero fiel de Calderón, acuñó en las páginas editoriales de Reforma el concepto, aunque el ex secretario de la Función Pública y ex dirigente nacional del PAN se viera luego forzado a aclarar el significado de tan polémico señalamiento:

"Leer la Constitución, su artículo 83, bastaría para saber la fecha última del encargo del presidente Calderón: 1o. de diciembre de 2012. Simplísima lógica de tiempos, los panistas vamos a elegir un nuevo jefe nacional y trascenderá el periodo de mando del Presidente. Hablar de postcalderonismo no es embrión de Judas, ni complot en ciernes. Es realismo puro. Únicamente vuelta anticipada de hojas al calendario. Muchas tareas tendrá el nuevo presidente del PAN, y otra más será cuidar políticamente a Felipe Calderón cuando ya no esté en la silla presidencial".

Calderón mismo ya había constatado cómo el ejercicio de poder, con sus inefables entretelones, produce inevitables desgastes. Si fue sorpresivo –a la vez que controversial– el nombramiento de Fernando Gómez Mont como secretario de Gobernación, a la postre resultó insostenible la permanencia de éste en Bucareli.

El acuerdo que el abogado Gómez Mont trabó en su despacho con la jerarca del PRI, Beatriz Paredes Rangel, para –con un documento de por medio– proscribir la figura de las alianzas en el estado de México y, consecuentemente, proteger al gobernador y más visible prospecto del PRI a la Presidencia, Enrique Peña Nieto, fue un pesado lastre que ya no pudo aventar por la borda.

Por añadidura, su oposición a las alianzas mismas le llevó a chocar y romper con César Nava, líder del panismo, y simultáneamente, a abandonar las filas del partido.
Nava también fue desacreditado y se vio envuelto en escándalos que le valieron el sobrenombre de Pinocho, pero el éxito de las alianzas en Oaxaca, Puebla y Sinaloa le salvaron la cabeza. Gómez Mont, en cambio, se desdibujó, perdió crédito y salió del gabinete el 14 de julio.

La salida de Gómez Mont coincidió con la de la poderosa Jefa de la Oficina de la Presidencia de la República, la duranguense Patricia Flores.

Y, un día después, con la del que fuera el vocero de Calderón desde que era secretario de Energía, en 2003: Maximiliano Cortázar. Con estas salidas, Calderón se desembarazó de intrigas, chismes, rumores y rencillas. Un golpeteo en el otrora cohesionado "primer círculo" presidencial que cobró forma desde noviembre del 2008, cuando murió el eje articulador del calderonismo: Juan Camilo Mouriño.

El ex portavoz presidencial reapareció dos días después –con cierta dosis de desparpajo– en el equipo de su amigo César Nava, quien lo nombró secretario de Comunicación del CEN del PAN.

Como complemento de los cambios, el Presidente sacó de Economía a Gerardo Ruiz Mateos para volver a colocarlo en la Oficina de la Presidencia de la República, cuya reorganización le encomendó. En paralelo, Bruno Ferrari pasó de Proméxico a la Secretaría de Economía.

En ese ambiente, Nava anunció que no buscaría la reelección al frente del PAN –a pesar de que había sorteado con éxito el proceso electoral de julio, con la victoria de candidatos postulados en alianza con el PRD–.

Sin liderazgos fuertes, el PAN entró en zona de turbulencia para procesar el relevo de Nava. Como no había ocurrido en 70 años de vida partidista, cinco panistas se inscribieron para buscar la presidencia del CEN.

Para colmo, Nava desató un escándalo cuando confirmó la compra de un departamento en Polanco, pero no en los 14 millones de pesos en los que está valuado, sino en 7 millones.
A la compra del lujoso departamento siguió la boda con Patylú en el piso 51 de la Torre Mayor, atestiguada por figuras de la política y del glamour.

Con el PAN en contienda interna, sin un dirigente partidista capaz de salir a medios a sortear las críticas y debatir con la oposición, y con su círculo cercano dividido, el Presidente se vio forzado a empezar a hablar de la sucesión en las entrevistas que ofreció con motivo de su Cuarto Informe de Gobierno.

Consabida su (casi genética) animadversión al PRI, en una entrevista radiofónica, Calderón mismo dijo que estaba dispuesto a entregar la banda presidencial a un cuadro tricolor... aunque, mordaz, agregó que esa hipotética victoria tricolor aún "está por verse...".

¡AMLO 2012!

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