14 de febrero de 2010

MIGUEL ANGEL GRANADOS CHAPA: Juárez no debió de morir

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Juárez no debió de morir
Miguel Ángel Granados Chapa

Calderón tuvo que oír voces ríspidas, amargas, exigentes. Ninguna como la de una madre dolorosa, madre indignada, madre admirable, la señora Luz María Dávila

Aunque en sus cadencias suaves el danzón raya en la melancolía, sus notas principales son alegres, vibrantes. El que lleva el nombre de Juárez parece en sí mismo una contradicción, porque es elegiaco a partir de los exultantes y agudos sonidos de la trompeta y los sonoros golpes de timbales y tambores. Su breve letra, más que un lamento, es una proclama: "Juárez no debió de morir. Porque si Juárez no hubiera muerto, todavía viviría, y México sería feliz".
Como símbolo de la Reforma que generó el laicismo en una sociedad levítica, Juárez debe permanecer vigente, vigorizado ante los riesgos de que un credo único avasalle a los demás, y a los incrédulos. Y tampoco debe morir la ciudad, el antiguo Paso del Norte que conoció la trashumancia de don Benito y ha llevado con gallardía su nombre. Escenario también de un momento cumbre de la revolución maderista, en los años ochenta del siglo pasado florecieron en ella las virtudes cívicas de sus hijos, adelantados de la rebeldía política que rompió con la hegemonía de un solo partido. Eso no obstante, la ciudad sufre a partir de entonces una declinación que trocó su dinamismo en aletargamiento, su esperanza en frustración, su calma en violencia criminal.
Los signos iniciales de ese deterioro fueron pasados por alto. El desordenado crecimiento urbano, la multitudinaria resignación de quienes pretendían cruzar el Bravo, no pudieron hacerlo y sin más remedio se quedaron del lado mexicano, las drogas y el alcoholismo contra los cuales no hubo prevención, el rechazo a la creciente presencia de mujeres nuevas, dueñas de sí porque ganaban su vida, al lado de las que padecían la añeja dominación del machismo familiar y mercantil, todo ello sirvió para incubar la violencia que se desparramó por las polvorientas calles juarenses cuando Amado Carrillo Fuentes creó allí su feudo, cuyos perseguidores usurparon el buen nombre del lugar al denominarlo Cártel de Ciudad Juárez. Se formó así el caldo de cultivo donde se gestó la violencia de género, los feminicidios, cuya alta incidencia añadió un repugnante atributo a la ciudad: las muertas de Juárez fueron como una marca de macabra identidad que colocó ese nombre geográfico en todo el mundo.



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