Cuando el “extraterrestre” Yukio Hatoyama lideró al Partido Democrático de Japón hacia una victoria histórica en las elecciones de agosto pasado, poniendo fin a la hegemonía del Partido Liberal Democrático (PLD) en la escena política nipona –que se prolongó por espacio de cinco décadas-, pocos imaginaban el impacto que su elección tendría en las estratégicas relaciones bilaterales que el país del sol naciente mantiene con Estados Unidos.
Es verdad que durante su campaña política, Hatoyama prometió una posición más firme de cara a Estados Unidos. Así las cosas, Hatoyama y sus correligionarios se están oponiendo a algunas disposiciones de un acuerdo con los estadunidenses, mediante el cual sería trasladada una parte de la base militar de Okinawa a una zona menos poblada y a la transferencia de unos ocho mil infantes de marina de la misma base de Okinawa a la isla de Guam. Estados Unidos intenta desarrollar acciones para contrarrestar el ascenso de la República Popular China (RP China) en la región y el mundo, preocupación que, en principio, también tiene –o debería tener- Japón. Sin embargo, el gobierno de Hatoyama considera que lo único que desea Washington es dictar la agenda de seguridad nipona sin que Tokio tenga una participación activa en la misma.
Así, Estados Unidos está preocupado porque las autoridades japonesas, desde el arribo de Hatoyama al poder, han cancelado cenas y encuentros diplomáticos bilaterales sobre diversos temas, lo que sugiere tensiones entre ambos países, en momentos en que Washington debe hacer frente a numerosos desafíos económicos y estratégicos en el mundo.
Una semana antes de la navidad pasada, en Copenhague, Hatoyama coincidió en una cena con la Secretaria de Estado de la Unión Americana, Hillary Clinton, a quien le hizo saber que aun no había tomado una decisión sobre el tema de la base militar. Luego de este encuentro, Hatoyama afirmó a diversos medios de comunicación que la Señora Clinton se manifestó “comprensiva” respecto a la postura del Primer Ministro japonés. Sin embargo, unos días después, una vez en Washington y en medio de una nevada histórica, la Secretaria de Estado mandó llamar al embajador japonés acreditado ante el gobierno estadunidense, para expresarle la preocupación de la administración de Barack Obama, por los titubeos del actual régimen nipón en torno a temas en los que tradicionalmente ha primado el entendimiento y la cooperación entre las dos naciones.
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