- El olor a pólvora y dos heridos quedaron como testigos de una nueva jornada de incertidumbre en las calles oaxaqueñas.
12-Octubre-06
El pistolero está a seis metros de distancia. Suelta un tiro de su 9 mm y gira la mirada a la derecha. Se sabe observado y no se inmuta; por el contrario, modela una especie de sonrisa ahora que está lanzando su segundo disparo. Cerca del estruendo se puede oler el acedo de la pólvora.
No más de 25 años de edad, 1.65 de estatura, tez morena, figura robusta, una nada discreta camisa color azul cielo, pantalones beige y zapatos mocasín café. Parece el más temerario de los cinco forajidos que hoy disparan a mansalva contra la brigada móvil.
En el campus de la universidad donde presuntamente estudia le apodan El Aladino. Ahí para unos es líder juvenil y para otros un simple porro. Lo bueno es que su credencial de estudiante lo acredita solamente como Marcos M.
Aquí cerca, otro joven –dicen que también "líder juvenil" o también "porro"– tira el contenido de lo que aparenta ser un revólver calibre .38; a diferencia de El Aladino, a éste hasta le tambalea su herramienta después de jalar el gatillo, una, dos, tres, quién sabe cuantas veces.
Son cinco los minutos en los que la banda de pistoleros –que no son policías vestidos de civil, dice el gobierno estatal– se ha quedado con el control del acceso a la Secretaría de Protección Ciudadana.
A dos calles de distancia, con un par de heridos, los brigadistas de la APPO preparan su regreso. De hecho ahí vienen ya.
El pistolero está a seis metros de distancia. Suelta un tiro de su 9 mm y gira la mirada a la derecha. Se sabe observado y no se inmuta; por el contrario, modela una especie de sonrisa ahora que está lanzando su segundo disparo. Cerca del estruendo se puede oler el acedo de la pólvora.
No más de 25 años de edad, 1.65 de estatura, tez morena, figura robusta, una nada discreta camisa color azul cielo, pantalones beige y zapatos mocasín café. Parece el más temerario de los cinco forajidos que hoy disparan a mansalva contra la brigada móvil.
En el campus de la universidad donde presuntamente estudia le apodan El Aladino. Ahí para unos es líder juvenil y para otros un simple porro. Lo bueno es que su credencial de estudiante lo acredita solamente como Marcos M.
Aquí cerca, otro joven –dicen que también "líder juvenil" o también "porro"– tira el contenido de lo que aparenta ser un revólver calibre .38; a diferencia de El Aladino, a éste hasta le tambalea su herramienta después de jalar el gatillo, una, dos, tres, quién sabe cuantas veces.
Son cinco los minutos en los que la banda de pistoleros –que no son policías vestidos de civil, dice el gobierno estatal– se ha quedado con el control del acceso a la Secretaría de Protección Ciudadana.
A dos calles de distancia, con un par de heridos, los brigadistas de la APPO preparan su regreso. De hecho ahí vienen ya.
***
Quince minutos antes de que llegara la brigada móvil de la APPO, el secretario de Protección Ciudadana, Lino Celaya Luría, estaba abandonando las instalaciones.
Su secretario particular, José Herrera, se había quedado a organizar unos pendientes con un grupo de 33 trabajadores, de los cuales tres son mujeres.
Los cinco guardias apostados en el interior de la oficina cerraban las puertas de entrada y advertían la llegada de "los appos".
Mujeres y empleados administrativos eran resguardados en dos oficinas ubicadas al fondo del segundo piso y el resto, elementos policiacos, bajaban "a esperar lo que tuviera que pasar".
"Repentinamente la APPO dejó de golpear la puerta y quebrar vidrios; escuchamos muchos balazos y nos replegamos porque primero pensamos que estaban entrando a las oficinas", explica un funcionario.
"Luego escuchamos por la estación de ellos, La ley, que había llegado la policía a rescatarnos, pero no pasó nada. Alguien nos avisó por celular que habían rodeado otra vez la dependencia", explica, aún agitado, un joven servidor público que esperó hasta las 8 de la noche para salir de ahí.
***
Ahí vienen de regreso los de la APPO.
Diez de ellos gritan como bárbaros llegando a la batalla final. La centena de combatientes que vienen atrás trae piedras y miedo.
Y algo pasó con las pistolas de sus enemigos, porque ya han dejado de escupir fuego y sus dueños se pierden entre las calles.
Acaba de terminar una batalla. La guerra seguirá.
Diego Osorno
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